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GASES EN LA GRAN GUERRA Y EL DESARROLLO DE LAS MÁSCARAS ANTIGASES

"El vapor se pegaba a la tierra como bruma de pantano y se dirigía a las trincheras francesas con la brisa que soplaba. Su efecto en los franceses fue una violenta nausea y desmayos, seguido por un posterior colapso. Se cree que los alemanes, que cargaron tras los vapores, no encontraron resistencia alguna, por que los franceses cercanos al frente encontraban virtualmente paralizados".

-New York Tribune 27/04/1915-

El uso de los gases se consideró bárbaro anteriormente a la primera guerra mundial, el desarrollo y uso de los gases venenosos fue creado por la necesidad de los ejércitos para encontrar nuevas maneras de resquebrajar las líneas de trincheras y volver a avanzar.

Aunque popularmente se cree que los alemanes fueron los primeros en utilizar los gases en el frente, el primer ataque con estos fue llevado a cabo por los franceses, que utilizaron gas lacrimógeno en agosto de 1914 contra las tropas germanas. Grande fué la sorpresa de los soldados al escuchar que, en vez de las habituales explosiones de los obuses, se oía un silbido; mucho mayor fue que empezaron a estornudar y los ojos se les llenaron de lágrimas a tal punto que no podían sostener el fusil. Sin embargo el ejército alemán fue el primero en estudiar concienzudamente las armas químicas y el primero en utilizarlas a gran escala.

La represalia alemana tuvo lugar el 22 de abril de 1915, cuando los soldados franceses estacionados en Ypres, Bélgica, fueron envueltos por densas nubes de Yprita, un gas que causaba quemaduras y lesiones en la mucosa de los ojos y de las vías respiratorias superiores, si se inhalaba, ejercía una acción caústica al entrar en contacto con las paredes de los bronquios. Los soldados fuertemente afectados quedaban condenados a una muerte atroz, entre ahogos y hemoptisis; la ceguera era una de las consecuencias inmediatas.

Rápidamente se hizo evidente que los hombres que permanecían en sus lugares sufrían menos que aquellos que huían, ya que la agitación respiratoria empeoraba los efectos del gas.  Los hombres que permanecían en posiciones con mayor altura y/o lugares despejados sufrían menos los efectos, ya que los gases eran más densos a nivel del piso.

Tras el ataque las tropas francesas huyeron en desbandada rápidamente, creando una brecha en la línea aliada. Sin embargo la sorpresa fue grande para el alto mando germano, ya que no esperaban una reacción de éste tipo resultado de su experimento. La infantería alemana avanzó en la brecha, pero con nervios y duda, ocupando las posiciones en una buena porción.

De ésta manera inició la carrera de los gases, siendo creados cada vez más mortíferos y más efectivos; desde los lacrimógenos hasta el gas mostaza, pasando por la yprita y el fosgeno. Los ataques de gases nunca más reprodujeron los efectos del 22 de abril, sin embargo se convirtieron en un arma estándar que combinada con la artillería convencional se utilizó para apoyar los ataques posteriores en la guerra.

A pesar de la psicosis de gases que sufrieron todas las tropas combatientes, la capacidad de aniquilación que tenían era limitada, se calcula que un 4% de las bajas mortales se debieron a la acción de los mismos. Esto se debe al desarrollo de contramedidas, como las máscaras antigases, que fue creciendo hasta llegar los eficientes modelos de final de guerra que permanecieron en servicio mucho después de finalizada.

La máscara utilizada por las tropas alemanas era una máscara de tejido engomado, con protección para los ojos. El filtro contenía carbón activo en gránulos y un tampón con algodón hidrófilo impregnado de sustancias meutralizantes.

 

El Respirator Box utilizado por las tropas Británicas y Americanas, quizá el mejor de todos, contenía en la máscara unas presillas que obligaban al usuario a respirar por la boca. El tubo se conectaba con el filtro, fabricado de manera similar al del modelo alemán. El filtro se llevaba en un pequeño bolso al costado del uniforme, lo que permitía gran movilidad al usuario.

 

La máscara polivalente defendía de gases irritantes como la bromoacetona, pero no servía para los mortíferos fosgeno e yprita.

 

En 1918 un cabo alemán de nombre Adolfo, que se convertiría en el canciller en 1933, fué cegado temporalmente durante un ataque de gases Británico en Flandes. Habiendo sufrido la agonía de primera mano, su temor como arma lo disuadió de volver a utilizarla en los campos de batalla de la Segunda Guerra Mundial.

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