"La historia de las guerras
es la historia de la humanidad."
La Tregua de Navidad de las Trincheras 1914


La primera batalla de Yprés había terminado. El diluvio durante la segunda semana de noviembre de 1914 lo decidió. Nuestro batallón del Regimiento de Londres (Territoriales) estaban retirándose del frente para descansar, abandonando sus memorias de soldados muertos en Feldgrau y Khaki entre las líneas Británicas y Alemanas.

El descansar significaba no más fatigas ó llevar mensajes, significaban cartas desde el hogar, noches brumosas acompañadas de ron con café y cerveza, nubes de humo y risas ruidosas. Después de 48 horas descansando, una marcha diaria que nos llevaba a ningún lado y de vuelta otra vez, con caras nuevas de las levas que recién llegaban de los campos de instrucción en la patria. La guerra era ahora un mero rumor lejano, un pequeño destello, un lejano murmullo más allá de las líneas de árboles y campos arados llenos de agua en canales entre uno y otro.


En la primera semana de diciembre de 1914 el Rey Emperador Jorge V arribó a St. Omer en el norte de Francia, Cuartel General de la Fuerza Expedicionaria Británica. Las órdenes fueron dadas inmediatamente a todas las unidades para prepararse para una inspección real. El Rey, con su uniforme de servicio, botas café con espuelas de oro, barba castaña y prominentes ojeras bajo sus ojos azules, pasó revista con el Mariscal Sir John French y varios generales con rostros sin personalidad, mirando al frente, pensando en los tonos bruscos en los que el Rey le hablaba al Comandante en Jefe eran de otro mundo infinitamente remoto de lo que en realidad pasaba.

Tras el Rey caminaba el príncipe de Wales, pareciendo de algún modo desligado del poder masivo del rojo y el dorado, los grandes bigotes y caras y cinturones y botas y espuelas; todos brillando y la inmaculada separación entre la tropa y los oficiales, todos rígidos poniendo atención. La delgada figura del príncipe, en el uniforme de granadero, parecía estar buscando por algo lejos y más allá de la inmediata escena a la vista, un niño de rostro blanco bajo la sombra de su padre.

A la siguiente tarde, el sargento del pelotón caminó de choza en choza, con órdenes de volver al frente ésa tarde. Una luna menguante llenaba el cielo, piedras plateadas alumbradas por la luz de la luna, frentes de las casas coloridas de la plaza principal. El orbe decadente era rodeado por el vapor de los labrados, un tibio viento golpeaba los filos de los pisos de piedra, las mochilas y los hombros de los hombres marchando. Un viento del sur-oeste trajo lluvia a las llanuras de Flanders.

De vuelta estaba ahora un prospecto de estoica aceptación, ya que marchábamos bajo la lluvia, absorbía casi todas nuestras memorias personales, dejando poco para un pensamiento coherente más allá del momento. Marchábamos junto a un camino con álamos con vaga palidez arrojada por las nubes bajas y las luces alrededor de Yprés –llamado “Ypriss” por los viejos camarados que habían llegado desde el principio-. Mientras nos acercábamos, el cielo se tornaba trémulo con destellos: la noche cargada con la reverberación del cañón, con el suspiro del viento lluvioso en las desnudas copas de los árboles sobre nuestras cabezas.

Al fin nos detuvimos, y dimos la bienvenida a las noticias que llegaron. La compañía estaría de reserva. Teníamos que buscar refugio para pasar la noche en algunos cobertizos y nos apiñamos alrededor de una granja. La especulación cesó cuando el comandante de pelotón dijo que ocuparíamos las líneas en la siguiente tarde. Los alemanes, dijo, han atacado desde el sur; el batallón permanecería en reserva. Era una quieta parte de la línea. Habría fuego de diversión desde las trincheras, para aliviar la presión.

“Maldición”, nos dijimos mientras entrábamos a nuestro refugio para dormir en el piso. Había una gran estufa, calor radiante. Bien por las tropas!. El húmedo anochecer de diciembre de la siguiente tarde se acercaba a la 1º compañía, aproximándose a la obscura masa de árboles sin hojas al filo de la madera.

A través de los árboles yace un nuevo tipo de camino, firme pero rocoso a los pies, pero tán bienvenido después del lodo del campo anterior. Era como caminar en una escalera dispareja. Duros peldaños yacían juntos, hechos de aserrín, clavados a cajones de roble. Mientras nos acercábamos a las verduzcas bengalas alemanas, las balas comenzaron a tronar. Los reclutas se echaron al piso, pero los sobrevivientes del batallón original continuaron su camino, algunas veces murmurando.

Llegamos a un cruce de caminos en la madera, y esperamos ahí, mientras un faisán graznaba mientras volaba sobre nosotros. Tenuemente se vislumbraban algunos búnkers, en los que los braceros brillaban.

La vista era hogareña y cálida. Figuras en cascos de madera permanecían al border de las trincheras. ¿Cómo es, compañero? Llegaba la inevitable pregunta. “Duro”, llegaba la respuesta, mientras los cigarrillos brillaban. Ésos eran tropas regulares, los reclutas se sentían felices otra vez. Los braceros tiernamente chisporroteaban las llamas!. La compañía de reemplazo llenó el camino y llegó al luminoso filo de la madera, más allá los paracaídas alemanes caían claros y brillantes, como lilas. La trinchera estaba dentro de la madera. No había agua ahí, Gracias a Dios!. Unos reductos de aserrín detrás de los ocupantes cargaban el peso. En realidad era horrible!.

Entonces comenzó un periodo de ciclos de ocho días para la 1º compañía: dos en la línea del frente seguidos de dos días de respaldo en la reserva del batallón, dos de soporte en la madera y otros dos en el frente otra vez. No era agradable, el peligro elegía al azar, la curiosidad podía causar ser atacado por un francotirador; el trabajo en las trincheras cavando de día, reforzando el parapeto y fatigantes trabajos en las alambradas por las noches.

Por lo menos el clima era bueno. Una trinchera tenía un bien construido parapeto con alambrados de púas y bolsas de arena, pavimentado con 50 yardas de latas sin abrir de conservas tomadas de las cientos de cajas desparramadas en la retaguardia. Éstas cajas habían sido arrojadas por los anteriores grupos de soldados en los días iniciales. Las trincheras fueron hechas por los regulares, ahora ya sin barbas, con sus dedos de los pies mostrándose a través de sus botas. Se decía que una colilla de cigarro, botada donde fuera, era un crimen severamente castigado.

*Agua hasta la cintura*

Todas las estructuras, e incluso las formas, de las cuidadosamente construidas trincheras desaparecieron bajo las lluvias, cayendo sobre la arcilla amarilla que las retenía; uno estaba batido día y noche. El peso del capote se doblaba por el fango y el agua. “Nos hicimos voluntarios para esto!” era un irónico comentario entre aquellos que tenían el agua hasta la cintura.

Después de las lluvias, la bruma yace sobre la campiña, que no tenía alma, con sus rotos techos de las granjas, cadáveres en la tierra de nadie, su nihilismo del día más allá del parapeto sin un movimiento de vida, ni una señal de los Alemanes –excepto por aquellos que estaban muertos y que reposaban sin movimiento en varias posiciones día tras día sobre el nivel del campo extendiéndose a la subtierra arrojada sobre las trincheras enemigas; mas allá de los campos de alambradas.

Por la noche, la bruma desdibujaba la brillantez de las bolas de luces, las bengalas como se les llamaba. La bruma se colgaba en la madera, impidiendo escuchar, impidiendo ver los caminos, las granjas. El hielo formaba finas películas flotantes sobre los charcos de los hoyos de artillería, que tronabanm cuando las marmitas eran sumergidas para hervir el té; la ración diaria de té siendo mezclada en bolsas de arena con azúcar.

Era placentero estar en las trincheras, cerca de un poco de fuego. El movimiento era, sin embargo, laborioso ya que los zapadores no habían colocado la grava. Las botas se cubrieron con fango amarillo. Aún así, dijimos, podría ser peor con los recuerdos de la tempestad que cayó el último día de la batalla de Yprés, de la miseria de frío y humedad, que seguía en nuestras mentes.

La agonía del invierno

Tan pronto como permanecía sentado ó me levantaba para golpear mis brazos como un cochero golpeando a sus caballos, el débil brillo del fuego se volvía inútil. Mis ojos manchados de humo, no había llama a menos que la avivara todo el tiempo. Mis brazos eran pesados en las congeladas mangas del capote, cubiertas de lodo y duras como tubos de drenaje; mientras el cuello del abrigo era como una tabla..

Regresé a dormir, pero el dolor me mantuvo despierto, así que me arrastré para afuera otra vez y nuevamente el helado aire, las balas atravesando los árboles rociados de hielo. Estaba sediento, pero la botella de agua estaba sólida. Después la arrojé en un bracero, goteó, regándose toda, pero había mucha más tiradas afuera, con rifles y otros equipos.

Se nos entregaron unos chaquetones de piel de cabra. Eso significaba que el batallón sería un Cuerpo de entrenamiento de oficiales?. Que no habrían más ataques hasta la primavera?. Los chaquetones tenían cintas cruzadas blancas y amarillas en el pecho. Los oficiales y la tropa se veían iguales, excepto por la expresión en la cara del oficial y el hecho de que uno parecía estar más erguido: un efecto dado, quizá, por la capa de cenizas que se cargaban sobre el hombro.

Los oficiales también portaban botas noruegas que se amarraban a las rodillas. Pensé en pedirle a mi padre que me enviara un par, pero un deshielo llegó a principios de la tercera semana de diciembre y la miseria del lodo regresó. Entonces, con un salto de escondido temor, las órdenes fueron leídas para realizar un ataque a través de la tierra de nadie a las líneas alemanas. Sería dentro de dos días después de luna nueva. Estaríamos de apoyo. La compañía tomó posiciones en la trinchera, frotándose manos y pies, apoyando un batallón regular de rifleros. El objetivo era una granja en la tierra de nadie llamada “la casa del francotirador” y una sección de la línea enemiga al frente de nuestras líneas.

El asalto de los hombres Barbados murmurantes tomó lugar bajo unas apretadas lluvias de estrellas rojas de metralla de 18 libras y fuego de apoyo de ametralladoras. Las figuras resbalando en la tierra de nadie, con los restos putrefactos de vacas muertas y hombres. Maldiciones y gritos de temor simulaban odio, mientras por delante de las líneas Británicas, obús tras obús explotaban con amarillas flamas de lidita de los Long Toms Británicos de las guerras sudafricanas de 1902. La orden llegó para la compañía de continuar con el ataque. Los sobrevivientes, regresando a través de la línea de nadie, mojados y cubiertos de lodo, los uniformes rasgados por los alambrados de púas; estaban desfalleciendo cuando nos pasaron.

Cuando se habían ido de la línea, la muerte quedaba tras de ellos, cantando por las alas, por las alas de las palomas lejanas. Eran maravillosos, especialmente un sargento que cantaba “Old Blue in Peacetime”. Sí, porque salían, pensé, estaban eufóricos apresurándore para dormir, dormir, dormir.

Éste ataque local falló al cortar los alambrados alemanes, pero la casa del francotirador fue tomada. Nuestro coronel, se escuchó después, había protestado contra hacer el ataque por nuestra compañía. Después fue reportado por Inteligencia que los ataques habían sido ordenados para ayudar a quitar presión sobre los rusos en el frente del este. Nos reímos escépticamente de eso; un principio de desilusión. Ya no tenía miedo por las noches y solía soñar en tierran de nadie, sentía una especie de libertad al hacerlo.

Una noche estaba sentado cerca de los alambrados alemanes, cuando una bengala estalló cerca de mi rostro, parecía que era seguida por otra y otra, mientras que el fuego de ametralladoras comenzaba y las balas pasaban a unas pocas pulgadas sobre mi cuello. Entonces las líneas cobraron vida con luces blancas, todas alemanas, que significaba que no iban a atacar pero temían un asalto de nuestras líneas. Esto era remotamente confortable, mientras me sentía grande y visible, sudando con terror, mientras las balas de nuestras líneas volaban y rebotaban. El cielo sobre mí parecía estar encendido por las hermosas lilas de la muerte, como les llamaba.

Ésta era una ocasión en que ocurría un fenómeno conocido como Wind-Up. Así como un viento, el fuego agitado con puñales rojos y amarillos en sus llamas, avanzaban hacia el anillo de luz de Yprés: las balas volando, silbando, atravesando las líneas de los cadáveres en el campo de Flandes.

El viento de temor, el nocturno viento del campo de batalla de la Europa del Oeste, desde el Mar del Norte hasta la gran barrera de los Alpes, viajaba más rápido que cualquier viento, apuñalando a los hombres por los que pasaba. Seguía helando en la víspera de navidad. Se nos habían dado detalles de lo que parecía ser una fatigosa salida a la tierra de nadie para poner postes en zigzag frente a las líneas alemanas. Alrededor de los postes alambrados de púas. En éste alambre madera tomadas de un cobertizo. Entonces hojas secas tabaco colgadas de las madera cubrirían la vista para que en un ataque se refuerce la línea del frente sin ser visto. Qué idea, pensé ponerse a tiro de ametralladora por esto!.

Puñalada de terror

Después de que nuestro comandante de pelotón, un cortés hombre de unos 20 años y fresco desde Cambridge, había descrito el plan calmadamente, preguntó si alguien tenía dudas. Me atreví a decir que el ruido de golpear los postes sería escuchado. Había silencio, entonces se nos dijo que las órdenes habían venido desde la brigada y tenían que ser llevadas a cabo.

Desembocamos desde el bosque y estábamos expuestos. Después de una puñalada inicial de temor, ya no temía. Todo estaba tan calmado, tan tranquilo en la línea. Sin bengalas, sin el clamor del rifle del francotirador. No había disparos de rifles. Pronto nos acostumbramos a la luz de la luna, en la cual toda la vida y movimiento parecía irreal. Los hombres estaban acarreando y colocando los postes, trabajando en parejas, uno para sujetar y el otro para golpear. Otros preparados para desenrollar el alambrado. Yo era uno de los que seguían al comandante de pelotón, junto con tres hombres, para colgar las largas hojas de tabaco que trajimos para reforzar la valla.

Ni un solo tiro fue disparado desde las trincheras alemanas. Lo increíble pronto se convirtió en ordinario, así que charlamos mientras trabajábamos, sin cuidados, mientras la noche pasaba como un sueño. La luna bajó por los árboles tras nosotros. Siempre parecía que nos movíamos con nuestras sombras.

Después de un sueño sin tiempo, ví lo que parecía ser una gran luz blanca sobre un palo puesta sobre las líneas alemanas. Era un tipo raro de luz. Irradiaba en un tono casi blanco y casi no se movía. Qué tipo de linterna era?. No pensé mucho en eso, era parte de la irrealidad extraña de la noche silenciosa, ahora tornándose de un amarillo marrón, del silencio de la bruma congelada. Estaba en calor con el trabajo, todo mi cuerpo brillaba, no de calor sino de felicidad.

De repente hubo un corto y rápido grito desde las líneas alemanas: “Hoch! Hoch! Hoch!”. Con los demás nos arrojamos al suelo y arrastramos, listos para volvernos planos contra el suelo; pasé el rifle sobre mi cabeza y apunté, pero ningún otro sonido llegó de las líneas alemanas.

Nos levantamos, charlando sobre eso en pequeños grupos. Otro gritos venían desde la tierra de nadie. Vimos tenues figuras en los parapetos enemigos, más luces, y con sorpresa vislumbramos un árbol de navidad que estaba siendo colocado, alrededor de él a los alemanes hablando y riendo juntos. “Hoch! Hoch! Hoch!” seguía tras las celebraciones.

Nuestro comandante de pelotón, que había ido de grupo en grupo durante la colocación de los alambrados, miró su reloj y nos dijo que eran las once en punto. Una hora más, y volvemos. “En Berlín es medianoche. Una felíz navidad para todos ustedes! Dije. Desde el parapeto alemán, una rica voz de barítno comenzó a cantar una canción que recordaba de mi nana Minne, me la solía cantar todas las tardes en la bañera antes de ir a la cama. Ella había sido mucama de mi abuela, una de la familia Lune de Hildesheim. Stille nacht! Heilige nacht!. Noche tranquila! Noche sagrada!. La grave y suave voz subió a través de la bruma helada; era todo tan extraño; era como estar en otro mundo, al que uno había llegado a través de una pesadilla: un mundo mejor del que había dejado atrás en Inglaterra, excepto por las hermosas cosas como la música y la primavera en mi bicicleta en los prados de Kent y Bedforshire.

Y de vuelta otra vez en las trincheras, parecía tan raro que no se nos hubiera disparado, maravilloso que el lodo haya desaparecido, maravilloso caminar fácilmente en los caminos, para secarse y dormir otra vez.La maravilla permaneció en la baja luz dorada de un amanecer de navidad, difícilmente podía darme cuenta, pero mi crónica desesperada de volver a casa había desaparecido.

El correo llegó mientras estaba friendo el tocino para el desayuno, junto a un pequeño fuego a donde tenía mi cantimplora llena de té caliente. Me senté en una caja sin abrir de tabaco, 28 lbs de tabaco con sabor a galleta de perro. La ración de tabaco diaria era de 5,000 cigarrillos ó 14 lbs de tabaco. Ésta era uno de las muchas “comodidades” que se les daba a la tropa que aparecían en los diarios, todo enviado por nuestros benefactores en la patria. Había un paquete de regalo para cada soldado de la princesa real. Una caja de latón adornada con la imagen de la princesa Mary, conteniendo tabaco y cigarrillos. Decidí enviar esto a mi madre como regalo. “Hay cientos de éstos allá” me dijo un soldado mientras lo guardaba.

Cara a cara

Caminé a través de los árboles, algunos desgarrados por los Jack Johnsons, como llamabámos a los cañones alemanes de 5.9 pulgadas; me encontré en tierra de nadie cara a cara con soldados alemanes vivos, hombres en uniforme grises y botas de alta caña de piel . Sin embargo los alemanes estaban, algunos de ellos, sonriendo mientras hablaban en inglés.

La mayoría de ellos eran pequeños de caras pálidas. Muchos usaban anteojos y tenían pequeñas barbas de chivo. No les ví ni un PICKELHAUBE. Estaban sin gorro ó tenían un pequeño sombrerillo con un listón rojo. Cada uno tenía dos botones de metal rodeados de blanco, negro y rojo; como una diana de tiro pequeña: los colores Imperiales de Alemania.

Entre éstos pequeños Sajones habían altos hombres rudos, no tomaban parte en la charla, pero atendiendo a la escena general con deferencia. Eran hombres de cara roja con sus guerreras y pantalones sobre sus altas botas de caña mostrando signos de lodo seco. Algunos tenían cordeles verdes alrededor del hombre y bajo las hombreras.

Mirando a donde estaba la masa de alemanes, ví, juzgando por las apretadas líneas de figuras de pie, que por lo menos tres posiciones ó líneas de trincheras habían detrás de la frontal. Estaban cavados en intervalos de casi 200 yardas.

“Sólo ve”, dijo uno de nuestros camaradas, “lo que éstos hombres tienen comparado con nosotros. Sólo tenemos una línea realmente, lo demás son sólo meros rasguños”. Él dijo suavemente, “vés ésos cordeles verdes y borlas en los hombros de aquél tipo grande? Son cordeles de francotirador. Ellos son prusianos. Eso es lo que algunos Sajones me dijeron. Ellos odian a los Prusianos. “Mátenlos a todos”, dijo uno, “y tendremos paz”.

“Si, mi padre siempre estuvo contra los Prusianos”, le dije. Uno de los pequeños Sajones estaba solo fumando una larga pipa. Él usaba lentes y parecía un “Huno” de los dibujos cómicos de los diarios. La cazoleta blanca de la pipa y la gorra alta del “Pequeño Wille”(El Kaiser Wilhelm II) pintada en ella. El Sajón me vió mirándolo y sacándose la pipa de la boca dijo con satisfacción: “Kronprinz! Prachtiger Kerl!” antes de regresar la pieza cuidadosamente entre sus dientes.

Alguien me dijo que Prachtiger Kerl significaba “Buen tipo” ó “Compañero decente”. Por supuesto, pensé, él es para ellos (El Kaiser) como para nosotros el Príncipe de Gales.

Me dí cuenta de una marca de eficiencia Alemana: dos botones de aluminio en los pantalones a dónde los nuestros sólo tienen uno de bronce. Los hombres cavaban, para enterrar a los apestosos cadáveres. Cada “apestoso” felgrau era cubierto con la bandera roja-negra-blanca Alemana. Cuando la tumba había sido llena, un oficial leía de un libro de oraciones mientras los hombres en Feldgrau estaban en posición de firmes con sus gorros grises redondos en sus manos izquierdas. Me encontré a mi mismo en posición de firmes, my balaclava en mis manos. Cuando la tuba se cubrió, alguien escribió, en plumón indeleble éstas palabras en una cruz de madera de caja de raciones: “Hier Ruth in Gott fin Unbekannter Deutscher Held”. “Aquí yacen con Dios unos héroes desconocidos alemanes”, estaba traduciendo y pensando que eran como las cruces inglesas en el pequeño cementerio del claro del bosque de nuestro lado.

Descubrí, con sorpresa, que los asaltos alemanes en masa a través de los bosques y los campos arables del saliente, durante la última fase de la batalla por Yprés, habían sido llevado a cabo por jóvenes voluntarios; algunos hombro a hombro, cantando, pero con un rifle para cada tres. Ellos fueron evacuados después de la falla de la Guardia Prusiana, el cuerpo de élite Corps du Garde, modelado a imagen de los famosos soldados de Napoleón, para romper nuestra línea. Y aquí estaba la sorpresa:”Ustedes tenían demasiadas ametralladoras en sus líneas, amigo inglés!”.

De hecho, teníamos muy pocas ametralladoras después de la batalla; los alemanes habían confundido éstas con nuestros rápidos gatillos en los fusiles. Cada batallón infantería estaba equipado con dos ametralladores, del tipo de las usadas en la guerra sudafricana de 1902; con una excepción. Ésa era el 14º Batallón de Londres Escocés que habían comprado, de forma privada antes de la guerra, dos ametralladoras Vickers. Éstas también fueron perdidas durante la batalla.

Otra ilusión de los alemanes parecía ser que teníamos una masa de tropas de reserva detrás de nuestras líneas, la mayoría de ellas ocultas en los bosques. SI tan sólo hubieran sabido que teníamos muy pocas reservas, incluyendo a los batallones Indios, los soldados con turbantes que sufrían grandemente con el frío.

La tregua duró, en nuestra parte de la línea (bajo el río Messine), por varios días. El último día de 1914, una tarde, un mensaje llegó de la tierra de nadie, llevado por un muy cortés cabo sajón. Decía que su comandante de regimiento darían una revista a las tropas en las líneas a eso de la medianoche y que tendrían que disparar sus armas, pero apuntarían alto, bastante más arriba de nuestras cabezas. Podríamos por favor, mantener las cabezas bajas?. Evitemos que ocurran accidentes lamentables.

A las 11 en punto, ellos usaban la hora de Berlín, vimos varias bengalas y los disparos de las ametralladoras Spandau pasando a través de la tierra de nadie.

Había tomado las direcciones de dos soldados alemanes, prometiendo escribirles después de la guerra. Y tenía una vaga idea infantil de que si todos en Alemania sabían lo que los soldados tenían que sufrir, y que si ambos lados creían las mismas cosas acerca de la bondad de dos causas nacionales, se esparciría ésta tregua de Cristo en el campo de batalla a las mentes de todos y daría entendimiento a dónde ahora había odio y resentimiento.

Era aúm muy joven. Era menor de edad, habiéndome hecho voluntario después de las noticias de la retirada de Mouns en la tercera semana de Agosto de 1914. Nuestro coronel había dado un discurso al batallón, entonces en Londres, declarando que la Fuerza Expedicionaria Británica del ejército regular era muy reducida en números después de la retirada de 90 millas que había dejado a las tropas exhaustas y con necesidad de ayuda.

Y ahora el nuevo año había llegado, el hielo estaba formándose nuevamente en pequeños cristales sobre los postes y las tumbas y los hoyos en la tierra de nadie. Una vez más las luces de fuego caían en paracaídas sobre la tierra de nadie con los destellos de las ametralladoras y las brutales explosiones de la artillería pesada. Y las lluvias llegaron para caer sobre Flandes, mientras los preparativos para la ofensiva de primavera estaban a la mano.

-Cuando El General Sir Horace Smith Dorrien, Comandante del II Cuerpo Británico, se enteró de lo que estaba ocurriendo, se tornó iracundo y dio estrictas órdenes prohibiendo la comunicación amistosa con las tropas oponentes Alemanas. En los siguientes años de la guerra, se ordenaba en la víspera de Navidad bombardeos de artillería para asegurarse de que no hubieran pausas en los combates. También se rotó a las tropas de varios sectores para prevenir que se volvieran muy “familiares” con el enemigo.


-Memorial de la Tregua de Navidad de 1914-

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